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Experta asegura que la estructura corporal es determinante en la forma de actuar y sentir

Durante 20 años la bióloga Carmen Cordero Homad se dedicó a mirar cuerpos: cómo se movían y qué disposición tomaban en cada emoción.

por Carola Solari, para revista Paula | 31/01/2009 – 09:27

Paulina Rojas es sicóloga, pero tenía dudas sobre cómo manejar una situación que enfrentaba su hija de siete años. La niña, que estaba en segundo básico, tenía dificultades en el colegio: no estaba bien integrada, le costaba relacionarse con sus compañeras y su rendimiento era irregular. Las profesoras habían notado que era capaz de leer de corrido en voz alta, pero cuando sus compañeros la miraban, lo hacía a trastabillones.

La mayor angustia de Paulina había surgido luego de ver a su hija en un entrenamiento de hockey. “Se hacía todo el rato la payasa frente a las otras niñas, que la miraban con cara de ‘¿qué está haciendo?’ Cuando estuvimos solas le pregunté por qué se hacía la graciosa. Ella respondió que lo hacía para hacerse amigas. ‘No sé si vas a hacerte amigas así, porque las niñitas no te entienden’, le dije. Mi hija me quedó mirando y me preguntó: ‘Entonces, mamá, ¿cómo lo hago para tener amigas?’. No supe qué responderle. Yo nunca tuve ese problema”, dice Paulina Rojas.

Siempre había creído que ella y su hija se parecían. “Las dos tenemos el mismo signo: Libra”, dice. Pero unos meses antes, tras escuchar una presentación de la bióloga Carmen Cordero en un curso de coaching, había comenzado a dudar. “Carmen habló de su paradigma biológico. Dijo que la forma de hacer y sentir de cada persona depende de su propia biología, de la estructura corporal que tiene. Me pareció interesante y me quedó dando vueltas”, dice Paulina. Miró a su hija: era tan larga y flaquita. Luego se miró a sí misma: su cuerpo era fuerte y compacto, y siempre lo había sido. Llamó a la consulta de Carmen Cordero y tomó una hora para que evaluara a su hija.

EL MIEDO Y LA RABIA
La bióloga Carmen Cordero es la creadora del modelo de integración cognitivo corporal, una técnica de desarrollo personal centrada en el cuerpo y las emociones básicas. Carmen estudió Biología en la Universidad de Chile y trabajó doce años en el laboratorio de Neurociencias de esa universidad con el doctor en Biología Humberto Maturana. Fue él quien le sugirió investigar, para su tesis en Biología, la dinámica de acción de las emociones, el punto de partida del método terapéutico que ideó.

Carmen pasó veinte años mirando cuerpos: a los monos del zoológico, a las estatuas de los museos, a los actores en plena interpretación y a los pacientes durante las sesiones de sicoterapia a las que ella asistía como coterapeuta. Miraba y medía con electrodos los cambios de tonicidad muscular y la disposición de la musculatura cuando las personas experimentaban alguna de las cuatro emociones básicas: pena, rabia, miedo o alegría.

Y esto es lo que vio: que el cuerpo es modelado por la forma en que una persona se ha movido a lo largo de la vida, lo que se relaciona directamente con la emoción que ha predominado en ella. En otras palabras, la recurrencia de una emoción por sobre las demás va conformando un tipo de estructura corporal, un tipo de cuerpo, lo que tiene consecuencias en la forma de pensar y actuar de la persona.

“No es igual una persona que, por su historia familiar o los hábitos del entorno, ha desarrollado más recursos adaptativos en el miedo que otra que lo ha hecho en la rabia. La estructura corporal, así como lo que cada uno filtra y percibe del mundo, son completamente diferentes”, dice.

Distinguió tres tipologías físicas, relacionadas con aptitudes y habilidades, de acuerdo a la emoción predominante: 1) las personas relacionales, que se han movido más en la pena y la alegría, tienen tejido adiposo, son empáticas y tienen inteligencia emocional; su principal recurso está en su habilidad para relacionarse con los otros. 2) las personas explicativas, que se han movido más en el miedo, tienen una musculatura larga, son reflexivas, observadoras y controladoras; su mayor recurso está en el lenguaje. 3) las personas motrices, con predominio de la rabia, tienen la musculatura bien desarrollada, especialmente en glúteos y piernas; se caracterizan por su inteligencia práctica y por ir directo a la acción.

Con estas distinciones, Carmen –que estudió tres años Sicología– quiso aplicar sus conocimientos al campo terapéutico. Desarrolló secuencias de ejercicios específicos para cada emoción, para ver si desde el movimiento se podía generar un estado emocional específico. Las probó en algunos pacientes que asistían a terapia con la siquiatra María Montañez y descubrió que con los ejercicios no sólo se llegaba a la emoción buscada. Además, a largo plazo, provocaban cambios conductuales. “El proceso de mejoría se acelera con los ejercicios. Los pacientes salen más rápido de la recurrencia emocional en la que se encuentran entrampados”, corrobora la siquiatra María Montañez.

La bióloga explica cómo funciona su terapia con un ejemplo: “Un pequeño desplazamiento de la recurrencia emocional, apoyado desde un cambio corporal, genera un cambio en la conducta. He visto con frecuencia a personas que saben que deben poner límites, pero no consiguen lograrlo. Lo que pasa es que no pueden tomar la disposición física de la rabia, porque no tienen la musculatura para hacerlo. Trabajando los músculos correctos de una manera específica, poner límites sale solo. Y sale desde el cuerpo”, dice.

SUBIR CERROS
Paulina Rojas llegó en mayo pasado a la consulta de Carmen Cordero en el Centro Cognitivo Corporal, ubicado en Vitacura. Llevaba a su hija tomada de una mano y, en la otra, una carpeta con todos sus informes escolares. Cuando se disponía a mostrarlos a Carmen Cordero, la bióloga le pidió que esperara afuera: antes, quería evaluar a la niña.

Para distinguir su estructura corporal le pidió a la niña realizar una serie de pruebas, entre ellas que golpeara unos cojines, para observar cómo se movía en este ejercicio, propio de la rabia. También que hiciera algunos ejercicios relacionados con el miedo: soplar velas cada vez más rápido, para observar si su respiración se cortaba e iba hacia dentro, lo que le ocurre a las personas que se angustian a medida que aumenta la exigencia. Cuando la niña terminó, la bióloga citó a la madre a una nueva entrevista, a la que debía venir con su marido.

Cuando Paulina y su marido volvieron adonde Carmen Cordero, ella les dijo que la niña era muy hábil y no tenía ningún problema orgánico, pero todavía no era capaz de desplegar todo su potencial porque tenía angustia. Agregó que, según las distinciones de su modelo biológico, la niña era del tipo físico explicativo, por lo tanto su angustia y ansiedad eran biológicas. “Las personas explicativas son observadoras, captan mucho de su entorno. Ella está en un colegio nuevo, que es bilingüe y más exigente que el anterior, donde tiene pocos intereses comunes con sus compañeras y pocas habilidades sociales para acercarse a ellas. Todo eso ella lo capta y la angustia”, dijo Carmen. Luego le preguntó al padre si le preocupaba lo que le pasaba a la niña.

“Mi marido dijo que no, porque la angustia es parte de la vida y lo social siempre es difícil. Yo me sorprendí. ‘¿Lo social es difícil? ¿La angustia es parte de la vida?’, pregunté. Carmen intervino y dijo: ‘Esto es interesante, porque para el padre, que tiene una tipología explicativa igual que la hija, la angustia, la ansiedad y el control son parte de la vida. Pero la madre, que tiene un perfil motriz, no entiende esa angustia y lo que espera de su hija es que se plante en el mundo, diga las cosas como son y si alguien le viene con alguna tontera, la haga a un lado y defina sus límites’. Entonces, Carmen me miró y agregó: ‘Paulina, vas a tener que aprender a leer a tu hija, porque no tiene los mismos códigos que tú’”, cuenta Paulina Rojas.

La bióloga trabajó tres sesiones con la madre, en las que le dio claves para entender la naturaleza de su hija y aprender a guiarla. “Me dijo que era un ser libre y que yo, como mamá, era tan exigente y le ponía tantas normas, que la agobiaba. Yo era de esas mamás que están encima controlando: ‘cómete toda la comida, ¿hiciste tus tareas?’; ésa era nuestra manera de relacionarnos. Carmen me recomendó que en la casa desarrolláramos más el aspecto relacional, que es el recurso que como familia menos tenemos; la capacidad de estar juntos sin exigencias, de una manera más amorosa, dejando espacios de libertad: como que el fin de semana se lave los dientes a la hora que quiera”, dice.

Carmen también le enseñó a la madre a manejar su propia energía. Le explicó que como ella es motriz es tremendamente enérgica y fuerte, lo que en ocasiones asusta a la niña, especialmente cuando pierde la paciencia y se enoja. Esto resultó muy útil cuando Paulina se sienta a hacer tareas con su hija. “Como mi hija es tan observadora, se dispersa con facilidad; se queda pegada en el pajarito de la ventana o se da veinte vueltas antes de tomar el lápiz, lo que a mí me hace perder la paciencia y retarla. Carmen me dijo que en esos momentos apretara la guata y los glúteos, lo que me ayudaría a contenerme. En esos momentos, además le digo: ‘Chinita, tengo 20 minutos para hacer la tarea contigo y te voy a dar 3 para llegar hasta acá y empezar a hacerla. Pasados los 20 minutos, me voy a parar y me voy a ir’. Increíblemente, funciona. Me quedo aquí, sin agobiarla, observándola y dejándole la responsabilidad de hacer la tarea a ella. A la tercera vuelta, ella sola se sienta y se pone a trabajar”, dice Paulina.

Carmen también propuso algunos cambios para disminuir la angustia de la niña: lo primero, sacarla del equipo de hockey, porque los deportes en equipo tienen la presión de que hay que trabajar con los demás integrantes y ser observado por el público en los partidos. “Para una niña explicativa y miedosa, las situaciones en que tiene que exponerse y hay más evaluación de la necesaria son muy estresantes. Un deporte en solitario, en que trabaje con ella misma, es mucho mejor para ella”, explica Carmen Cordero, que utiliza los deportes como apoyo a su método terapéutico, especialmente en niños y adolescentes. La madre inscribió a su hija en aikido.

“NO ME LA ECHEN A PERDER”
Entender a su hija y qué le pasaba, fue muy útil para Paulina: le permitió tener todas esas distinciones cuando el colegio la mandó a llamar porque el rendimiento de su hija era irregular. “Le habían hecho una evaluación sicopedagógica y en esa reunión la sicopedagoga me dijo todo lo que mi hija no lograba. Yo la escuché y le dije: ‘Entiendo tu informe, pero como madre espero que una evaluación de mi hija hable de ella en su totalidad y no solo de lo que no alcanza; porque en algún minuto lo va a alcanzar, porque es capaz. Ella es un ser maravilloso y tienen que aprender a verla. Yo la cambié a este colegio y ustedes la aceptaron. No me la echen a perder’, les dije a la profesora y a la sicopedagoga. Hoy pienso que el trabajo con la Carmen fue crucial para tener una postura clara. De otra forma, le habría dicho que sí a todo y en vez de respaldar a mi hija, habría vuelto a mi casa a estresarla”, dice Paulina.

En agosto pasado, y viendo que las medidas sugeridas estaban funcionando, Carmen Cordero empezó a trabajar directamente con la niña. “Hay que ayudarla a poner su fuerza en ella, a que diga: ‘Ésta soy yo’”, le dijo la bióloga a la madre. Para lograrlo era necesario trabajar el aspecto motriz, es decir, desarrollar los músculos que se relacionan con la rabia y la fuerza: las piernas y los glúteos. Junto con darle una secuencia de ejercicios que incluye pegar patadas y golpear cojines, le recomendó subir cerros, hacer bicicleta y esquiar. Desde entonces y hasta ahora, la niña hace todos los días la rutina de ejercicios que le enseñó la bióloga y sale regularmente con su familia a subir cerros y andar en bicicleta.

Paulina Rojas ha notado los beneficios de estas medidas.

“Mi hija sigue siendo ansiosa, pero ahora maneja mejor las situaciones que la angustian: está más regulada y entiende más lo que le pasa. Ha dejado de hacerse la payasa, que era una reacción que tenía desde los nervios, desde la ansiedad que le provocaba el querer llamar la atención de las otras niñitas. Ahora, es más fluida la interacción con sus compañeras. Si bien todavía no está bien integrada, lo está viviendo con tranquilidad. El otro día, por ejemplo, me dijo que no quería bailar para ser amiga de las niñitas, que bailan todo el día. Siento que está expresando con más firmeza su diferencia, diciendo lo que le gusta y lo que no”.

Paulina también reconoce que hubo cambios en el colegio. “Gracias a lo que les dije en esa reunión, comenzaron a verla y apoyarla más. Su rendimiento sigue siendo oscilante y ha necesitado refuerzo en la lectoescritura, pero aprende y avanza”.

Y en el vínculo con su hija, Paulina reconoce que, aunque sigue siendo una mamá exigente, la terapia le enseñó a serlo desde otro lugar emocional. “Aprendí a leer a mi hija, a reconocer su propia naturaleza y ver que es un ser maravilloso: con una sensibilidad y profundidad enormes. También entendí que como mamá puedo hacer mucho por ella: crear un ambiente más llevadero y rico para que ella se desarrolle”, dice. ·

HOMBRES EN CONSULTA
No es casual que el método terapéutico de Carmen Cordero sea exitoso entre los hombres: “Tiene una manera muy práctica de abordar lo que a uno le pasa”, explica el arquitecto Jorge Grez, un paciente de Carmen que antes realizó largas terapias con sicólogos. “Me sé de memoria cómo soy y dónde fallo, por eso el método de Carmen me resulta cómodo: no tengo que seguir hurgando en mis rollos, basta con hacer sus ejercicios”, dice.

Jorge está trabajando la agresividad con Carmen. Suele alterarse mucho cuando analiza con otros arquitectos los proyectos de la empresa, en los comités fijos de los lunes. “Tiendo a ser el neurótico, el que pone la rigidez. Cualquier error o detalle que se haya pasado me angustia y me pone tan ansioso que exploto y puedo ser duro e hiriente con los demás”, dice.

Carmen le explicó a Jorge que su agresividad podía solucionarse reacomodando el cuerpo y soltando sus sentimientos de otra manera. Le indicó masajes para relajar la rigidez, que se asomaba en la tensión que Jorge sentía en el cuello y parte alta de la espalda.

También le dio ejercicios respiratorios: “Eso ha sido fabuloso. Los hago cuando me pongo nervioso y me ayudan a reconocerme, a ver en qué estoy”. Y, por supuesto, ejercicios físicos: contraer los glúteos y ponerse en puntas de pie. En el caso de Jorge, que tiene una estructura física explicativa, según las categorías de la bióloga, sus glúteos y pantorrillas están poco desarrollados y, en la medida en que trabaje esa musculatura asociada a la rabia, canalizará la agresividad de mucho mejor manera.